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Todo lo que hay que saber para mantener el cuerpo y el organismo saludable por dentro y por fuera.
En los últimos años, en Argentina y en los principales países, se empezaron a utilizar distintas medicaciones para tratar la obesidad y el sobrepeso con comorbilidades asociadas como la diabetes tipo 2, la hipertensión arterial y el colesterol elevado. Entre estos fármacos, los grandes protagonistas son los análogos del GLP-1, una hormona natural que produce el cuerpo y que, entre otras funciones, genera saciedad.
El uso de estos medicamentos marcó un antes y un después en el abordaje de la obesidad, esta enfermedad crónica, progresiva, que además de compleja, es una gran generadora de otras patologías.
Estos fármacos actúan estimulando la liberación de insulina y reduciendo el glucagón. Por eso, también son una herramienta útil para el tratamiento de la diabetes tipo 2. Pero los beneficios van mucho más allá.
* Pérdida de peso significativa, sostenida en el tiempo.
* Mejor control glucémico.
* Protección cardiovascular: disminuyen el riesgo de infartos y ACV.
* Efectos renales: podrían proteger a los riñones del daño asociado a la diabetes.
* Mejora del perfil lipídico: reducen el LDL (“colesterol malo”) y los triglicéridos, y aumentan el HDL.
* Reducción de marcadores inflamatorios y mejora del estado general del paciente.
* Buena tolerancia en la mayoría de los casos.
Ahora bien, ningún tratamiento es mágico ni está exento de efectos adversos o limitaciones. Es común que despierte un malestar gastrointestinal que derive en náuseas, vómitos, diarrea o dolor abdominal. En casos particulares, se han reportado pancreatitis, problemas en la vesícula y, en estudios con animales, una posible relación con cáncer de tiroides. También se han notificado hipoglucemias cuando se combina con otros fármacos para diabetes, y si no se mantiene una hidratación adecuada, hay riesgo de deshidratación y daño renal.
Además, se comenzó a estudiar un posible efecto adverso poco frecuente: neuropatía óptica isquémica, una alteración ocular potencialmente grave, detectada en algunos pacientes tratados con semaglutida. Aún no hay conclusiones definitivas, pero el tema está en investigación y refuerza la necesidad de un control médico estrecho durante el tratamiento.
Otro punto clave a considerar es el costo económico, que puede ser elevado. Y, como si eso fuera poco, la mayoría de las prepagas y obras sociales todavía no cubren estos medicamentos, porque —aunque parezca increíble— siguen sin reconocer formalmente a la obesidad como una enfermedad. Esto genera una desigualdad de acceso inadmisible, considerando que hablamos de una patología crónica que afecta al 60% de la población argentina adulta.
Cuando se usan bien, ayudan a que el paciente tenga menos apetito, duerma mejor, se sienta con más energía y, en consecuencia, empiece a moverse más. Se genera un círculo virtuoso que, sumado a los resultados clínicos visibles en los estudios médicos, suele ser el impulso que necesitaban para sostener cambios reales en el estilo de vida.
Ahora bien, si alguien piensa que solo por aplicarse una inyección —sea una vez por semana o todos los días— va a adelgazar “sin hacer nada”, está condenado a un resultado efímero, transitorio y frustrante.
El medicamento puede ser una gran herramienta, pero nunca reemplaza el verdadero trabajo: el compromiso con uno mismo.
Info: Daniela Bertelotti (@Dra.Daniela_Bertelotti), médica nutricionista, especializada en obesidad y sobrepeso.