
Entrevista
Periodista, guionista y dramaturga, acaba de publicar su primer libro, Desaparecida dos veces, la historia de una jefa montonera que salvó su vida a partir de una relación con su captor. La palabra como herramienta para domar el dolor.
Hace años que Teresa Donato padece los estragos de una obra en construcción pegada a su casa llena de libros, donde vive con Pietro Sorba, su compañero de vida desde hace 37 años, a quien conoció en Italia cuando trabajaba a bordo de un crucero tras recibirse en Turismo. Por entonces, quería viajar y pensaba que las suyas serían travesías físicas. No sabía que se convertiría en guionista de telenovelas -como Herencia de amor, Patito Feo o Viudas e hijos del rock & roll- ni en escritora.
El taladro percutor que todavía la despierta y las grietas en sus paredes coincidieron con otro desafío interno: excavar y trabajar sobre la historia de Ana Massochi, una jefa montonera que sobrevivió sosteniendo una relación con uno de sus captores. De ese proceso nacieron Desaparecida dos veces (Seix Barral) y la obra Mi vida anterior, en coautoría con Dennis Smith.
Decís que fuiste la encargada de darles forma a recuerdos muy dolorosos. ¿Qué te pasó internamente al gestar este libro?
Tengo una obra en construcción al lado de mi casa que me llenó de ira por la injusticia de ver cómo me la destrozan. Me afectó tanto que tuve que consultar a una psiquiatra. Ella me dijo: “Si yo te hubiese visto hace tres años cuando, empezaste el proyecto del libro, te hubiese dicho que no lo hicieras. Porque lo de la injusticia de la casa se mezcla con esa otra injusticia, con la de la historia de Ana”. La verdad es que fue estar con el dolor al lado durante tres años.
¿En algún momento dudaste de poder lidiar con eso?
No. A Ana la conocí de casualidad en Brasil y durante muchos años, cuando ella venía a la Argentina, se quedaba en casa y me contaba su historia, que no se la había contado a nadie. Hasta que me propuso hacer el libro y dije que sí, con un terror bárbaro de no estar a la altura. Fueron años de: “No voy a poder”, porque además tenía que inventarme a la escritora. No había escrito literatura, sino radio, tele, otro formato. Hubo momentos muy difíciles en los que me daba cuenta de que Ana provocaba el conflicto para que esto naufragara, porque le era muy doloroso estar revolviendo. Hubo relecturas, repreguntas, investigación, chequeo de datos. Y ella ya no quería hablar más.

¿Qué fue lo más fuerte?
Cosas que fue descubriendo a medida que iba hablando, como darse cuenta de que fue violada… porque seguía teniendo esa actitud firme de oficial montonera, y después de dos años de charla, le dije con mucha delicadeza: “Ana, ¿Beto era hermoso?”. “¡No!”. “¿Te gustaba?”. “¡Pero no!”. “¿Te enamoraste de él?”. “¡Pero qué estás diciendo!”. “Y cuando tuviste sexo con Beto, ¿te gustó?” “¡Pero nooo!”. “Anita, entonces fue una violación”.
En ese momento, me dijo que no quería hablar por un tiempo, que necesitaba ver a su psiquiatra. Estuvimos un mes y pico sin hablar, porque había tenido una revelación. Creo que lo que más le duele y le pesa es lo que vivió con su secuestrador, porque al mismo tiempo que le salvó la vida, no dejaba de ser un militar y la tuvo semisecuestrada hasta poco después del regreso de la democracia.
¿Cambió algún pensamiento a partir de este libro?
Cambié mi percepción de los sobrevivientes. Cuando Ana sale de cautiverio, no salta en una pata; lo tuvo a este señor atrás durante muchos años. La ayudó a ir a Brasil, sí, pero ella estaba sola; su única conexión en el mundo cuando le derrumbaron su vida anterior era este señor, que decidía su existencia. Y la historia de Ana es la de un montón de mujeres que fueron consideradas traidoras.
De trabajar en un crucero pasaste a escribir notas de revista y guiones televisivos. ¿Cómo te fuiste animando a los cambios?
Cuando estaba viviendo en Italia, Anita Torrejón, que fue la directora fundadora de ELLE, me escribió diciendo que quería que trabajara con ella porque yo escribía muy buenas cartas. Y cuando volví, di una prueba y arranqué. Después, ya en la Redacción, me juré que iba a escribir telenovelas, porque me marcó mucho eso en mi adolescencia: era capaz de faltar al colegio para ver novelas. Así que estudié Guión y Dramaturgia y, después de muchas pruebas fallidas, conseguí la oportunidad.
¡Sí, le pedía ayuda con “composición tema” en la escuela primaria! Era un momento de encuentro hermoso. Él siempre decía que cuando me recibiera, me iba a regalar un viaje a Italia. Pero cuando me recibí, había perdido todo y no tenía plata; fue durísimo para él. Me acuerdo que brindamos con un torrontés Etchart Privado, comimos un pollo y esa misma tarde me fui a Italia, pero trabajando en el barco. Papá estaba muy apesadumbrado. Entonces le dije que ya me había pagado ese famoso viaje dándome estudios, porque podía irme porque hablaba idiomas y estaba preparada. Y porque tenía una fruición, una pasión por el trabajo, una capacidad de readaptarme. Cuando tenés la plena conciencia de que si es necesario mañana te vas a lavar inodoros y te van a quedar preciosos y los vas a hacer con la misma dignidad que hacés lo que te gusta, perdés el miedo.
Hace 37 años que estás con Pietro, ¿cuál es la fórmula?
Yo no tenía ninguna intención de casarme ni de tener hijos ni de nada. Cuando cumplí un año con Pietro, le dije: “No te parece que ya es un montón” (risas). Ninguno de los dos quería esto. Pero somos muy compañeros y hay un amor que es apoyar al otro a como dé lugar: soy de tu equipo y sos de mi equipo. Cada uno hace lo que quiere, y eso no es curtirse al barrio sino una libertad de acción profunda. Ahora sí, espero que la vida sea eterna y que nunca cambiemos de estado.